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Cómo catar un vino?
Hay un momento incómodo que casi todos hemos vivido: alguien hace girar la copa, mete la nariz, cierra los ojos y suelta "regaliz, cuero y un fondo de grosella negra". Y tú, oliendo lo mismo, piensas: yo solo huelo a vino. La cata tiene fama de club privado con contraseña secreta. No lo es. Es una habilidad sencilla que cualquiera puede aprender, y disfrutar, sin pretender ser sommelier.
Catar es solo prestar atención
La diferencia entre beber y catar no es el paladar: es la atención. Cuando bebes, el vino pasa. Cuando catas, te detienes un segundo a notar qué está pasando. Eso es todo. No necesitas vocabulario técnico ni una nariz prodigiosa; necesitas parar y fijarte. Y se entrena solo, copa a copa.
La cata clásica tiene tres pasos, y tienen su lógica: la vista, el olfato y la boca. Vamos uno a uno, sin solemnidad.
La vista: menos importante de lo que parece
Mirar el vino a contraluz es bonito y dice algún detalle —un tinto joven tiende a tonos violáceos, uno con años vira hacia el teja—, pero seamos honestos: es la parte de la que menos vas a disfrutar y la que menos cambia tu experiencia. Fíjate si quieres en el color y en si es brillante o apagado, y pasa página. Nadie disfruta un vino por su aspecto.
El olfato: aquí está casi todo
Lo que llamamos "sabor" es, en su mayor parte, olfato. Por eso este paso es el que más cambia las cosas.
Haz girar la copa un momento —eso libera los aromas— y huele sin prisa. Y ahora el truco que lo desbloquea todo: no intentes adivinar la respuesta correcta. No hay examen. En vez de buscar "el aroma que toca", pregúntate solo a qué te recuerda. ¿A fruta? ¿Qué fruta, roja o negra? ¿A algo dulce, como vainilla? ¿A algo del campo, a madera, a especias? Tus asociaciones valen, aunque sean raras. Si a ti te huele a la mermelada de tu abuela, esa es tu nota de cata, y es tan válida como cualquiera.
La gente que "huele de todo" no tiene mejor nariz: tiene más práctica nombrando lo que huele. Y eso se aprende oliendo cosas conscientemente: la fruta, las especias, el café, en el día a día. La nariz ya las conoce; solo hay que enseñarla a ponerles nombre.
La boca: textura, no solo sabor
Da un sorbo y, antes de tragar, fíjate en cosas que no son exactamente "sabor":
¿El vino es ligero como agua o denso como leche entera? Eso es el cuerpo.
¿Te seca un poco la boca, como un té muy cargado? Eso es el tanino, típico de los tintos, y dice mucho de su estructura.
¿Hace la boca agua, te invita a otro sorbo? Eso es la acidez, la que hace que un vino sea refrescante en vez de pesado.
¿Cuánto dura el sabor después de tragar? A más persistencia, generalmente más calidad. Un gran vino se queda contigo unos segundos largos.
No hace falta puntuar nada. Solo notar. Con el tiempo empiezas a reconocer patrones, y ahí es cuando la cata se vuelve adictiva.
El único objetivo que importa
Olvida impresionar a nadie. La cata sirve para una sola cosa que sí merece la pena: saber qué te gusta y por qué. Si notas que disfrutas los tintos densos y con tanino marcado, o que prefieres los ligeros y frescos, ya tienes una brújula para elegir mejor la próxima vez. Eso es todo el secreto. No es un idioma para presumir; es una herramienta para disfrutar más.
Así que la próxima vez que alguien suelte lo del regaliz y el cuero, no te sientas fuera. Haz girar tu copa, huele sin prisa, y di lo que tú notas. Es tu paladar, y es el único que importa cuando el vino está en tu copa.